Uno de los objetivos que perseguimos es rescatar películas que, si bien no destacan por sus méritos artísticos, merecen ser recordadas por su papel dentro de la Historia, ya sea dentro del cine o de nuestro devenir como país. El Judas (1952), un trabajo menor de Ignacio F. Iquino, olvidado y descaradamente maniqueo en su visión estereotipada del bien y el mal, es uno de esos largometrajes que casi nunca aparece en los manuales y que, contextualizado en su momento concreto, nos permite entrever algunos aspectos avanzados. Este filme es un claro ejemplo de cómo, en plena dictadura, desde la pantalla se promovieron algunos intentos de apertura en una España con las libertades limitadas.
La cinta no tiene grandes interpretaciones ni un guión memorable. Pese a su cuidada fotografía influenciada por el neorrealismo (con una estética que incluso roza lo tenebrista para potenciar el aura religiosa de la trama) resulta plana en muchos momentos y es bastante previsible en su planteamiento y sus resultados. Es la historia convencional de un malvado, un extorsionador sin escrúpulos, cuyas fechorías le llevan a conseguir el papel de Jesucristo en la Pasión Viviente de su pequeña ciudad, Esparraguera (donde se ambientan los hechos con escenas que recrean esta festividad). La encarnación de Cristo le pondrá en el camino de la redención y el arrepentimiento.
El argumento desprende moralina religiosa a raudales y encaja en el molde ideológico que el Franquismo (con la colaboración de la Iglesia) propagaron sobre las ficciones, llenando de mensajes y personajes ejemplarizantes una producción cinematográfica que mostraba una realidad social parcial y manipulada.
¿Qué interés tiene entonces dedicarle unas lineas a este trabajo justamente olvidado y pasado de moda? La razón la encontramos en su valor testimonial, ya que se convirtió en el único intento comercial (frustrado) de lanzar un cine en catalán en una época en la que la situación política y la censura hacían de ello una misión imposible, algo que no ocurrió hasta la llegada de la democracia.
El director, Iquino, era un nombre asentado en el panorama cinematográfico de la década de los cincuenta. Contaba con su propia productora (IFI) y unos estudios de rodaje. A lo largo de su amplia trayectoria se había arriesgado tocando distintos géneros, desde adaptaciones teatrales a títulos de cine negro. Asumía numerosos gastos y pérdidas por lo que quiso atreverse con un melodrama religioso aprovechando una coyuntura que podía beneficiarle económicamente. De hecho la elección de una historia como El Judas no es casual. Está motivada por la celebración del Congreso Internacional Eucarístico en Barcelona en mayo de 1952, fecha para la que se programó el estreno de una película pensada para sumarse a este evento.
Todo fue calculado al detalle para garantizar un alto rendimiento económico, tanto en taquilla como por parte de las instituciones. Rodando un filme de temática religiosa Iquino sabía que sería fácil que su obra fuese distinguida con la calificación de Interés Nacional, categoría que en el antiguo sistema de subvenciones oficiales les permitía a los productores recuperar una buena parte del presupuesto invertido.
No encontró grandes impedimentos para obtener este reconocimiento, pero resulta más interesante detenerse en cómo el realizador diseñó la operación para que el largometraje fuese además el primero en ser estrenado (después de la guerra civil) doblado al catalán. Tras buscar financiación entre algunos catalanes exiliados en Chile con este objetivo, consiguió presentar la propuesta a las autoridades franquistas para lanzar una versión con secuencias en esta lengua que fue autorizada aunque con enormes reservas.
El Régimen no dio su brazo a torcer fácilmente. Se opuso a que se proyectase esta adaptación en grandes ciudades como Barcelona (donde se mantuvo en castellano), pero hay constancia de que en localidades más pequeñas pudo verse, siendo rescatada en más de una ocasión durante los días de la Semana Santa. Iquino utilizó su ingenio para llenarse el bolsillo al mismo tiempo que servía a los intereses franquistas. Sorteó los problemas con la censura mediante una fórmula -imposible de repetir en otro tipo de largometrajes- que introdujo momentáneamente el catalán en el cine cuando su uso público estaba prohibido.
Es una rareza. Una joya inusitada del cine clásico español, bastante olvidada y muy desconocida para el público actual. El ritmo, la puesta en escena y un elaborado juego de símbolos se combinan para ejecutar un asesinato. La muerte de Nati Mistral, protagonista de María Fernanda, la Jerezana (1947), dirigida por Enrique Herreros. Su maestría la convierte en una de las secuencias más prodigiosas e insólitas de nuestro cine. Podría estar a la altura de esos crímenes magistrales filmados por Alfred Hitchcock. Al igual que el director británico, cuya formación artística le permitía planificar las escenas más complicadas mediante el storyboard (un guión técnico compuesto por dibujos), el filme al que nos referimos fue completamente dibujado en viñetas por su autor. Herreros -dibujante, cartelista, humorista y uno de los nombres esenciales de la revista satírica La Codorniz- utilizó esta herramienta para dotar de fuerza visual a su relato y a ese comienzo úni...
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